La imagen del niño Jesús colocado sobre escombros en una iglesia de Belén (Cisjordania) simboliza un grito por la paz a las puertas de una Navidad en guerra en Palestina. Un niño y una niña prenden las velas que rodean la escena de este reivindicativo nacimiento al comienzo de la misa del domingo que ofrece entre cánticos el sacerdote Isaac Munther. “A todos nos destrozan las imágenes de los niños sacados de debajo de los cascotes”, como ocurre a diario en Gaza, explica el religioso para justificar su montaje. Su idea ha dado la vuelta al mundo en los medios, pero solo los ciudadanos locales lo disfrutan en directo. La escalada bélica ha espantado a los turistas, lo que supone un mazazo para la economía local.

Munther, de 44 años y originario de Beit Sahur, una de las localidades con nutrida población árabe cristiana que rodea Belén, ha viajado recientemente a Estados Unidos. Allí, entre otras muchas citas, entregó una carta en la Casa Blanca que había firmado junto a otros religiosos cristianos palestinos y que, le aseguraron, llegaría a manos del presidente Joe Biden. “Escribimos una carta de paz, nada controvertida y pidiendo un alto el fuego inmediato”, señala al acabar la eucaristía. Pero la respuesta de EE UU fue el veto el pasado viernes a la resolución que lo planteaba en el Consejo de Seguridad de la ONU, lamenta con más sorna que sorpresa. “También contestaron confirmando un nuevo acuerdo de armas con Israel. Lo he comentado en el sermón. Allí celebran la Navidad con regalos y luces, y aquí nos envían las armas y la maquinaria de guerra”, agrega en tono sarcástico.

Tras su regreso a Cisjordania el 1 de diciembre, precisamente la jornada en la que la tregua de una semana llegó a su fin, en la iglesia luterana de la Navidad de Belén, donde ejerce Munther, decidieron poner en marcha el nacimiento entre escombros. El sacerdote asegura que ha recibido, literalmente, “mensajes de solidaridad y apoyo de todo el mundo” y que hay “iglesias pidiendo permiso para hacer carteles y postales y para ponerlo en sus portadas y en calendarios”.

Naciones Unidas eleva por encima de 7.500 los menores muertos en Gaza durante esta guerra, lo que la convierte en el conflicto armado con mayor mortalidad infantil de nuestros días, con un promedio de 115 niños fallecidos cada jornada. Hay fuentes, como el Euro-Med Human Rights Monitor, con sede en Ginebra, que elevan la cifra por encima de los 10.000, teniendo en cuenta los cadáveres que permanecen sin recoger entre los restos de los bombardeos. En total, los muertos en Gaza superan ya los 18.000, según el Ministerio de Sanidad de la Franja, gobernada por Hamás.

“Si Jesús naciera de nuevo hoy, lo haría bajo los escombros en Gaza”, ilustra Munther junto a los pedruscos de su nacimiento. “Para nosotros, Dios está bajo los escombros. Dios está en los quirófanos. Dios se solidariza con los que sufren injusticias. Así que surgió la idea de este pesebre, especialmente cuando el mundo continúa justificando el asesinato y deshumanización de estos niños”, añade con el ajetreo de fondo del mercado del centro de Belén. Poco más del 1% de los 5,3 millones de palestinos que habitan en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este son cristianos, la mayoría de ellos católicos y ortodoxos.

Agujero económico

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La mitad de los ingresos de Belén provienen de los turistas y peregrinos que llegan atraídos por la Basílica de la Natividad, el lugar donde la tradición sitúa el nacimiento de Jesús de Nazaret y monumento Patrimonio de la Humanidad. De los 1,9 millones de pernoctaciones en Cisjordania entre enero y septiembre de este año, un millón se las llevó la ciudad de Belén, al igual que la mitad de los 2,5 millones de visitantes, según datos del Ministerio de Turismo de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La contienda ha acabado con esa actividad, a cuyo agujero económico hay que sumar la de todos los 150.000 cisjordanos que tenían permisos de trabajo en Israel, pero han sido cancelados.

La animación del zoco que lleva hacia el corazón de Belén, la plaza del Pesebre, mantiene estos días su actividad, pero limitada a los ciudadanos locales. Hay comercios y puestos de verdura y fruta, zapatillas de deporte y ropa. Funcionan con normalidad los cafetines y los dependientes pregonan su mercancía a los clientes que deambulan por las calles. Pero ninguno es extranjero. Los extranjeros han sido expulsados por la guerra.

En la calle Pablo VI, que lleva desde la iglesia luterana a la plaza del Pesebre y la Iglesia de la Natividad, un desesperado vendedor atrapa a los pocos extranjeros como si fueran una aparición. Abud Salah, de 31 años, mantiene abierto un negocio familiar de artesanía, regalos, bolsos de piel y alfombras en el que los viandantes locales no se detienen. Este guía turístico reconvertido en dependiente cuenta cómo los ingresos se han hundido con la guerra en un momento en el que estaban despertando después de la pandemia. Ahora ven que, tras el agujero de los años 2020 y 2021, la Navidad de 2022 fue un espejismo que la guerra se ha llevado.

Los turistas regresaron en masa el año pasado a un destino que vive una de sus temporadas altas en Navidad, de acuerdo al calendario de celebraciones católicas. “No había ni un hueco en los hoteles, hostales o casas”, asegura Salah sin dejar de mostrar objetos con los que tratar de hacer un poco de caja. A unos metros, el responsable del establecimiento Al Sufara invita a probar los falafel, tradicionales croquetas de garbanzo, que está friendo en la misma calle. También invita a té por iniciativa propia, sorprendido de la presencia de extranjeros a los que pide, por favor, que valoren en una conocida plataforma de internet su local.

Artesanía a mitad de precio

Más abajo, junto al templo que marca el lugar del establo donde nació Jesús, la tienda de la Natividad acoge a una sola clienta. Tres generaciones de empresarios de la familia Tabash mantienen este negocio abierto desde 1927. Epifanio despacha, entre otros muchos objetos y regalos, artesanía hecha con madera de olivo de Cisjordania. Lo hace a la mitad del precio marcado. No hay que recurrir al tradicional regateo que se hace con frecuencia durante las compras en el mundo árabe. La rebaja la anuncia él directamente a los pocos que pisan el comercio.

Delante, la plaza del Pesebre es un caótico aparcamiento. Las autoridades de la ciudad anunciaron hace semanas que suspendían las celebraciones por el conflicto y solo mantienen los ritos religiosos. La explanada de la plaza, delante del Ayuntamiento, luce huérfana este año sin el árbol navideño, sin tenderetes de regalos, sin la iluminación festiva, sin la figura de Papá Noel…

Queda la extraña estampa de José y María, ayudados por los pastores y los tres Reyes Magos, todos tallados en madera de olivo local, acudiendo a rescatar al niño Jesús, que aparece cubierto con una tradicional kefiya (pañuelo palestino) entre los cascotes, en la escenificación del portal de Belén de la Iglesia luterana. “Y, con él, a todos los niños de la guerra atrapados o muertos entre las piedras y los escombros de los bombardeos”, señala el padre Munther.

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